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Cartas para Lola

Hace unos días leímos con mucha emoción una carta que habían escrito para nosotros. Laura Venegas, una clienta habitual que se ha convertido en parte de la familia de La Cueva de Lola, nos ha hecho este regalazo al escribir con tanto cariño sus vivencias en nuestro local.

Nos alegra enormemente que todo aquel que entra por La Cueva de Lola se sienta bienvenido, y detalles como éste nos animan a seguir luchando para aumentar la familia. ¡Gracias Laura!


La Cueva, ubicación y con(texto)


A mí desde pequeña me ha gustado mucho el flamenco... por decirlo de una manera poco grandilocuente, que bastante va a tener de ahora en adelante el texto.

Mi infancia escuchando a la Paquera de Jerez de camino a Cuevas Del Valle, el pueblo de mi madre; el pedazo de descubrimiento que me hizo mi padre con Gabriel Moreno, o esas cintas de los hermanos Toronjo que he escuchado más veces que el reloj de la Puerta del Sol.

No me voy a remontar a muchos años atrás, sino a hace unos tres años, cuando trabajaba en mi querido Teatro de la Zarzuela. Yo salía de escuchar La Tabernera del Puerto, Chateaû Margaux, La Viejecita (¡de mis favoritas!), El gato montés o Marina e, ipsofacta, me ponía mis cascos en el metro Sevilla y tiraba para casa con Bambino en mis oídos. Había noches en las que parecía que la ciudad, Madrid, me hablase, intentando decirme que estaba ahí, que el sentimiento que te evoca el flamenco existe en cualquier lugar del mundo. Recuerdo esas noches, ese frío y esos viajes en el metro meditando sobre ello. Pero faltaba algo.

Yo llegaba a casa y mi padre me esperaba con su alacena llena de la discografía de Camarón en casa para escuchar y seguir aprendiendo (a excepción de los Sábados, en los que estaban esperándome con Yo soy del Sur recién comenzado). Los Domingos, en el campo. De camino, fandangos de Los Requiebros. Y, por supuesto, en el camino de la vida, apareció ella, mi querida Sandra Carrasco, la cual estaba estrenando Electra con el Ballet Nacional de España en la Zarzuela.

Ya rebobinando al pasado más actual, he encontrado ese “faltaba algo” que he mencionado antes. Y ese lugar es La cueva de Lola.

¿Qué pasa con la Cueva? Esto es lo que sucede:

Un buen día, hará un par de años, un gitano que sabe mucho me dijo "a ti te falta juntarte con gente flamenca. Por eso no sacas la voz, ni tocas en la mesa". Y efectivamente, pese a que mi familia lo es bastante, faltaba gente flamenca en mi vida (aquí quizás el verbo “faltar” no sea el más acertado, puesto que en la vida sólo te necesitas a ti misma, o más vale). Pero de pronto... descubrí la Cueva y con ello, un lugar en el que pasan cosas maravillosas. Un lugar que te sonríe, donde las personas te sonríen con la mirada (una habilidad muy cotizada hoy en día por el tema de la mascarilla y tal), un lugar en el que ríes, en el que eres y en el que disfrutas del presente y del pasado más añejo posible, remontándome a la infancia y a esos viajes con la Paquera, Morao y cía.

Porque la Cueva no es solamente un lugar al que ir a tomar una Coca-Cola, una copa o a cenar viendo un espectáculo. Es una experiencia vital, encriptada en esos conceptos de la vida social, pero una experiencia vital en general. Porque te acogen, te preguntan, te integran y porque, sobre todo, te respetan. No vas a ver una cara de extrañeza al ver a cualquier persona (la que sea, de donde sea y como sea) entrar allí. Todxs somos iguales y a todxs nos gustan las mismas cosas: en este caso: el arte, el flamenco y la inspiración.

Si no lo conoces, adelante. Y si te quieres descubrir, no dejes de hacerte preguntas en la vida.


Laura Venegas




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